miércoles, 11 de abril de 2007

"Repito, no es un simulacro, un American Airlines se estrelló contra una de las torres gemelas"

-Help! Help! Please! Somebody help me! I can’t breath! I don’t feel my legs! Oh my god, I don’t wanna die!

Fueron estas las desesperadas palabras de una mujer pidiendo ayuda, que Steve Peterson escuchó cuando estaba entre los pisos 74 y 75. Y, de modo súbito, la impotencia se apoderó de él al no sentir si los gritos provenían de abajo o arriba y, por lo tanto, ser incapaz de decidir en forma correcta a dónde dirigirse para ahorrar el bien más vital en esos minutos, pero, asimismo, el que más escaseaba: tiempo.

La mujer rogaba por socorro, quejándose de que no podía respirar ni sentía sus piernas.
-¡Dios mío, no quiero morir!, imploraba.

Cinco años y siete meses exactos han pasado desde aquella fatídica mañana neoyorquina. Pero para Steve Peterson es como si hubiese sido ayer. Es que, al parecer, esta vivencia persigue día y noche a quienes, por desgracia, la sufrieron.

Evidentemente es inolvidable, pero lo peor de todo parece ser la imposibilidad de superarla –si es que alguna vez algún ser humano puede llegar a decir, aliviado, que lo logró-, y estar condenado a aprender a vivir con ella hasta que dejen de existir.

Y eso que Steve no sufrió el impacto estando al interior de los rascacielos, y tampoco estuvo obligado a lanzarse al vacío por no poder descender por las escaleras debido al fuego. Ni menos supo lo que fue quedarse atrapado al interior de uno de los ascensores.
Pero con esto no se trata de minimizar su experiencia. Para nada. De hecho, él tuvo que controlar su propio pánico, ansiedad y sufrimiento –destreza para la que, se supone, los entrenan- y, además, tener la templanza de calmar a las víctimas, ayudarlas a salir de los escombros y sacarlas de la torre en llamas, aunque con el previo descenso de escalas que nunca antes fueron tan largas, interminables, acaso infinitas; como también oscuras por el asfixiante humo que no lograba salir por ninguna parte.

Nunca antes, en sus quince años como bombero, Steve había escuchado en su base una alarma cuya emergencia le provocara tanta incertidumbre, tanta incredulidad, tanta sorpresa al llegar al lugar de los hechos; pero, a la vez, semejante arrojo y desenfado, tamaño deseo de ayudar a esas personas y que esa historia, como ninguna otra jamás, tuviese un desenlace feliz.

-Un American Airlines se estrelló contra una de las torres gemelas. No es un simulacro. Repito: No es un simulacro-, escuchaba Steve por la radio, mientras su compañero lo miraba con unos ojos que ya casi se le salían de su rostro.



*EL TIEMPO ME IMPIDIÓ HACERLE UN FINAL.

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