Estabilidad laboral, solvencia económica, desarrollo profesional, independencia, viajes, disfrutar con la pareja. Esas son mis prioridades hoy. Pero, si tengo pareja, ¿qué pasa si la dejo embarazada? Difícil pregunta. Es simple responderla cuando aquella situación es hipotética, pero cuando ocurre de verdad, quizás lo que pensábamos no concuerda con lo que a veces decidimos en la práctica.
Es un hecho que en nuestro país existe el aborto –aunque nuestra Constitución lo prohíba-, más aún en el estrato socioeconómico alto, donde el mejor poder adquisitivo lo facilita más que en la gente de menores recursos.
Vivimos en una época en que la sociedad está cada vez más liberal en lo valórico, más relativista, más “progresista”. Ahora se dice que no existe “la” verdad, sino muchas, que cada uno tiene la suya propia. Los valores ahora dependen de cada uno: si lo que tú consideras que es virtuoso, puede que yo no lo considere digno de imitar.
Con la independencia que han logrado las mujeres en el plano laboral –y vaya que es positivo-, cada vez son más las que ya no dependen del marido en lo económico. Ello las ha envalentonado a desafiar las posturas más conservadoras y machistas, que les exigen ser excelentes pololas, esposas, madres, dueñas de casa, profesionales, amantes, etc., observándose una creciente tendencia que sostiene que ellas tienen el derecho a elegir cuándo se casan, si quieren o no tener hijos y cuándo tenerlos, entre otras cosas.
Asimismo, se ha masificado la postura “Mujer, es tu cuerpo, tú decides”. ¿Y qué pasa con lo que piensa el hombre? ¿No vale nada? O sea, ¿la nueva vida procreada no es un ser único, libre, con derechos, con su propia dignidad, por el hecho de estar dentro del útero de la madre? ¿Eso la hace soberana de decidir si esa vida debe vivir o morir?
Yo estoy en contra del aborto. Vivimos en el siglo 21 y, ¡hay tantos métodos anticonceptivos como para evitar ebarazos no deseados! Sin embargo, también considero que es prudente debatir, con altura de miras, el aborto terapéutico, cuando la vida de la madre está en peligro y si hay una violación de por medio. Claro, en este momento lo digo desde la perspectiva hipotética de dejar esperando guagua a mi pareja, y las más liberales me podrán decir que la cosa es diferente cuando se vive de verdad, pero aún así, lo condeno.
Esto, porque, aunque suene cliché, es matar a una persona humana que no se puede defender. El hecho que sea un no nacido no significa que carezca de la misma dignidad que los que ya fuimos dados a luz, y centrar el debate en el tiempo de gestación que tiene la nueva vida engendrada es errado: ya sea un cigoto y tenga un día u ocho semanas (ya un feto), el fondo no cambia; ese ser es una persona. El asunto radica en cuándo comienza la vida humana. Algunos consideran que se es persona cuando el embrión se implanta en el útero, no antes. Otros, consideramos que existe un nuevo ser humano con la fecundación del espermatozoide con el óvulo.
Quienes no concuerdan con esta postura esgrimen que el cigoto no es persona, que aún no tiene el corazón ni el cerebro ni la columna desarrollados, por lo que es simplemente un cigoto. ¿Y cuándo comienza a ser persona y no sólo cigoto? ¿Cuando tiene columna vertebral? ¿En el momento en que tiene desarrollado el corazón? ¿Tal vez en el minuto en que tiene cerebro? ¿Cuándo? Okey, es simplemente un cigoto, pero, ¿un cigoto de qué? ¿De caballo? ¿De gato? O sea, una mujer puede dar a luz perfectamente a un canguro…
No pretendo ser dueño de la verdad, sólo manifiesto argumentos bioéticos para afirmar por qué pienso que se es persona desde la fecundación y no después. Mis conocimientos están, evidentemente, a años luz de los de los médicos, por lo que, como es obvio, no pretendo zanjar en estas escasas líneas el asunto. Pero creo que el debate se debe centrar, esencialmente, en definir el momento preciso del comienzo de la vida humana y, a partir de allí, dilucidar qué es un aborto y cuándo es tal.